Miércoles Fotográficos

Llovía III

Posted by el Miércoles, junio 16th, 2010

Su peso y el fuerte empujón me hicieron caer, pero fui lo suficientemente rápido para interponer la rama en la trayectoria de sus fauces, sus dientes la tenían aferrada con fuerza astillando los bordes. Eso lo mantuvo ocupado unos instantes. Traté de no imaginar si hubiera alcanzado mi cuello en lugar de la rama.

Mi primera intención era golpearle en un ojo, pero, para mi sorpresa, la imagen de esa maniobra se formó en mi mente y no se si por asco o lástima por el animal que estaba intentado quitarme la vida, al final, descargué la piedra con todas mis fuerzas sobre su cabeza.

Lanzó un aullido de dolor que pareció cortarse a mitad, después cayó. Me lo quité de encima y me levanté de un salto con la mano de la piedra lista para asestar otro golpe.
Ahora, inerte en el suelo, seguía pareciendo un ejemplar formidable.

El corazón se me salía del pecho, era casi doloroso, una flojera se apoderó de mi cuerpo, caí de rodillas y las lágrimas se fundieron con las gotas de lluvia que empapaban mi rostro. Di gracias por haber ido al aseo antes de salir.

No podía ver a mis perseguidores, pero podía oírlos cerca llamando al perro, tomé aliento y reanudé la huida. Después de varios tramos, en los que me vi obligado a utilizar las manos para avanzar, la subida se hizo menos empinada. La vegetación desapareció de golpe:
-¡Dios! –Pensé- estoy en el corte, ya no tengo edad para estas cosas –Pero corrí hacia el borde. Desde ahí podía ver los tejados y las blancas paredes, si pudiera llegar a casa sin ser visto acabaría esta pesadilla.

El corte estaba en la cara oriental, era una pendiente casi vertical que terminaba a poca altura de la carretera que lleva al pueblo, manchada por algunos arbustos y completamente cubierta de cantos rodados. [ver foto 1] [ver foto 2] [ver foto 3] [ver foto 4]

Cuando tenía unos quince años, mis amigos, mis primos y yo nos lanzábamos desde allí como si de un tobogán gigante se tratara, había que deslizarse casi tumbado y, a pesar de coderas y rodilleras, lo mínimo era llenarte de arañazos y golpes, más de uno había vuelto a casa con una buena brecha en la cabeza. Nos los prohibieron terminantemente el día que Pablo se rompió un brazo. Acatamos la orden durante un tiempo.

Estaba todo mojado, la lluvia arreciaba con más fuerza y la sensatez de la edad me decía que no era una buena idea.
Al inicio del claro una silueta apareció entre la vegetación, me lancé hacia abajo sin pensarlo. Al principio me desplacé despacio, había perdido práctica y no quería despeñarme, pronto mi cuerpo pareció recordar y la bajada se aceleró.
No tardaron en aparecer por el borde, vi como uno de ellos hacía unos gestos al otro y luego se lanzaba tras de mi.
Bajaba casi de pie, frenando a penas con los cantos rodados, con la velocidad que llevaba no tardaría en alcanzarme. Intenté acelerar el ritmo pero no parecía suficiente, poco a poco iba ganando terreno. Cuando lo tuve más cerca, comprobé lo que había estado esperando, su carrera era descontrolada, el hombre hacía esfuerzos vanos por detener su bajada. Tropezó, el cuerpo se le fue hacía delante intentó apoyar las manos, pero la caída fue tan violenta que no pudo evitar golpearse la cabeza, siguió cayendo, resbalando, rodando, me adelantó unos metros a mi derecha hasta que paró algo más abajo, no se levantó.
Miré hacía arriba, su compañero no hizo ademán de seguirme, se quedó allí, observando.

El descenso terminó, por fin llegué a la carretera, desde aquella distancia no podía distinguir entre una silueta, una sombra o un arbusto, pero estaba seguro que ya no me seguían.
Era temprano y todavía llovía, las calles del pueblo estaban vacías pero extremé las precauciones, me metí por callejuelas evitando ser visto desde lo alto de la montaña.
Al final llegué a la parte de atrás de casa de mis abuelos, había una puerta vieja, accesible desde un pequeño callejón, que daba al terreno que linda con la casa. No pude abrirla, pero por ese punto pude saltar el muro y acceder a la casa.

Me senté en hamaca vieja que había en la terraza, estaba exhausto y dolorido, debí quedarme dormido porque el ruido de la puerta me sobresaltó. Asomó la cabeza de mi abuelo:
- ¡Vaya! Si estás aquí. Hay unos señores que preguntan por ti
Había extrañeza e incomprensión en la voz de mi abuelo.
Casi me fallan las piernas al levantarme y entrar en la casa. Mi corazón volvió a acelerarse. En el salón estaba el hombre del maletín jugando con mi hijo, pude ver el pánico en los ojos de mi mujer (las mujeres tienen un sexto sentido para estas cosas), a su lado había otro hombre, lo reconocí como el que se quedó observándome mientras me deslizaba por el corte, sujetaba algo en las manos con aire de autosuficiencia, era un móvil, mi móvil. Se me debió caer en mi escaramuza con el perro. Yo y mi manía de generar las rutas con el GPS mientras corro.

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5 Respuestas to “Llovía III”

  1. Wateel 17 jun 2010 a las 4:27 1

    Grande….muy, muy grande!

  2. Tòniel 17 jun 2010 a las 5:54 2

    No tengo palabras…

  3. Blanca Parkerel 17 jun 2010 a las 8:55 3

    Me encanta!! Tu personaje no tiene alguna hermana que es pequeña pero pelea como Bruce lee???

  4. goleador frustradoel 15 jul 2010 a las 15:44 4

    buen relato, marica. He tardado tiempo en leerlo porque me lo dejé aparcado a propósito y…ha valido la pena ¡¡¡

  5. Josep Antoniel 21 abr 2011 a las 15:05 5

    Aleshores, què volien?

    Crec que m’he perdut algo… jijijiji!!!!

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