Susto
Posted by Peter Parker el Miércoles, octubre 21st, 2009
Me han dicho más de una vez que voy, por la ciudad, demasiado rápido con la bici, me cuelo entre los coches como una anguila y no respeto semáforos, además de vez en cuando me subo a las aceras. Pero tengo la completa seguridad de que cada movimiento lo realizo prestando especial interés en los imprevistos que me pueden surgir en mi camino. Es posible que me cruce con algo que desvié mi atención unos instantes (sobre todo en verano), pero soy muy cuidadoso y cuando realizo alguna maniobra ilegal o poco recomendada procuro extremar las precauciones y aumentar mi comportamiento cívico.
Si me subo a una acera reduzco considerablemente la velocidad, procurando no asustar a nadie ni interferir su marcha, si algún peatón me obstaculiza el paso nunca suelo llamar su atención (puesto que en este caso él tiene la preferencia), espero detrás paciente hasta que puedo adelantarle o me vea y se aparte por si mismo (algunos lo hacen). No me acerco a la pared de los edificios para evitar que salga alguien de un comercio, un portal o gire una esquina y choque conmigo. Es decir, que a pesar de mi daltonismo frente a los semáforos y rozar retrovisores soy un derroche de buena conducta (o lo intento) y concienzudo en mantener una conducción libre de peligros, algo que favorece también la perfecta visibilidad que se disfruta en la bici.
Y estoy convencido que a esta actitud le debo mi integridad física. De milagro me he librado más de una vez de un vehículo que sale de un garaje de repente, de un tío que, aparcado en doble fila, abre la puerta sin mirar, de un peatón que cruza el carril bici como si fuera el pasillo de su casa o de un autobús que le da por cambiarse de carril porque hay uno parado en el carril bus un poco más adelante, por decir unas pocas. Es fácil, en esta ciudad, enfrentarse con el autoritarismo del automóvil y el “tots els díes son falles” del peatón.
El lunes de nada sirvió todo eso, resultó que no soy infalible y que en alguna ocasión se me puede escapar algún detalle.
Atropellé a una mujer. [ver foto 1] [ver foto 2] [ver foto 3]
Entraba en la calle Roger de Lauria, saliendo de la Plaza del Ayuntamiento, entre Correos y Ruzafa, terminado ese paso de peatones que debe tener entre quince y veinte metros de longitud. No se donde estaba mirando, o no lo recuerdo, pero la vi correr hacia mi cuando ya era demasiado tarde, frené tan fuerte y rápido como pude, pero no fue suficiente, la embestí de lleno.
La mujer tendría aproximadamente la edad de mi madre, por suerte para ella, no la misma complexión, si no, en lugar de caer a un metro de mi rueda la habría mandado a la siguiente manzana. Todo sucedió muy rápido, conforme chocábamos y la vi caer al suelo de costado salté de la bici para ayudarla a levantarla y ver si se encontraba bien. La mujer se levantó como un rayo indicando que estaba perfectamente y que no me preocupara porque la culpa había sido suya por saltarse el semáforo, insistí que comprobara que se encontraba bien porque el golpe y la caída habían sido fuertes y que si era necesario avisábamos a alguien.
El corazón me latía como si alguien me golpeara el pecho desde dentro y mis esfuerzos por detener a la mujer, que parecía con la única determinación de retomar su camino, eran inútiles.
De pronto me encontré con que se había formado un corrillo a nuestro alrededor, los recuerdo desenfocados, siluetas borrosas que se habían detenido para curiosear. Solo me faltaba el típico abuelo recién llegado increpándome: “ciclista y melenudo tenías que ser. Si es que vais como locos”.
Alguien me aconsejó que apartara la bici, no me acordaba de ella, la había dejado donde había sido el choque y los coches tenían que esquivarla, la acerqué a la acera y cuando me volví la mujer había desaparecido, la busqué y pude verla andando a toda velocidad ya lejos de donde yo me encontraba.
Me quedé parado, con ese tambor golpeándome desde dentro que no desaparecería hasta poco después de llegar a casa, sin saber que hacer, con algo de temblor en las manos, viendo sin ver como el corrillo se iba dispersando. Un hombre se dirigió a mi, supongo que percatándose de que estaba descolocado: “la mujer está bien y tu te has preocupado por ella, tranquilo”. Me hizo ilusión, no esperaba que nadie se preocupara por mi.
Retomé el camino a casa, algo más despacio, con cien ojos puestos en todas partes y los nervios a flor de piel.
Al día siguiente descubrí una dolorosa moradura en mi rodilla y mi bici hace unos ruidos extraños que antes no hacía. Si es que van como locas.
Conclusión: No hagas el tonto en un paso de cebra.
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