Miércoles Fotográficos

De Rodríguez by Guerrer13

Posted by el Miércoles, julio 8th, 2009

<Peter>Otra colaboración de mi amigo el triatleta que ya estuvo aquí hace un par de semanas, ahora con el seudónimo correcto</Peter>

Esta semana he experimentado uno de los mayores placeres que puede experimentar un hombre. Pues no, ése no es. No, ése otro tampoco aunque no le va a la zaga. Yo estoy hablando de estar de Rodríguez. Desconozco quién es el señor al que se debe la referencia, pero seguro que se lo debió pasar en grande.
Yo me quedo de Rodríguez una semana al año y, os aseguro, que es la semana más ajetreada del mismo. Tengo tantas cosas que hacer y tantas gente a la que llamar para hacerlas que el final, acabo por no hacer casi nada. Este año ha sido particularmente agotador…

Llevo una temporada de mucho trabajo y casi acabo de preparar unas oposiciones que, por cierto, suspendí. Además, mi hijo pequeño está empezando a andar y no recuerdo lo que es sentarse en el sillón de casa o en cualquier otro sitio. El tío solo quiere que andar, pero cogido de mi dedo índice en el que, dicho sea de paso, he criado una especie de callo que viene muy bien para apoyar el boli al escribir y un músculo que me ayuda a entretenerme más tiempo en los semáforos desatascándome la nariz (se ve que tengo más resistencia e incluso ¡puedo llegar más hondo!).

En fin, el caso es que después de convencer de lo bueno que sería para mis suegros que fueran mi mujer y mis hijos a pasar una semana allí, el martes pasado empezó mi aventura.

Al principio fue un poco triste. Estoy acostumbrado a que cuando abro la puerta alguien me grite. Bien mi hija porque viene corriendo a darme un abrazo y decirme lo mucho que me quiere, bien mi mujer porque se me olvidó bajar la basura el día anterior o utilizar la escobilla del váter (¡pero yo sí que levanto la tapa, ¿eh?) o bien el enano extiendo sus brazos hacia mí mientras se ríe como queriendo decir “¡no te olvides de mí!”. Todo me parecía demasiado en silencio…se oía el eco al masticar. Pero todo cambió en cuanto cogí el móvil…

Cuando uno solamente sale tres días al año, esos días son realmente estresantes. No son aptos para gente con problemas de corazón y exigen una preparación física, y también psicológica, que no todo el mundo es capaz de alcanzar. Yo lo comparo con eso de eyacular hacia dentro que promueve el sexo tántrico (desde luego mira que son limpios) porque hay que estar muy concentrado. Así que mi primer gran dilema fue escoger entre si lo que me apetecía era cerveza o deporte. Ambas cosas me parecían muy tentadoras, la verdad. Lo malo de ser triatleta es que ahora ya no me vale con ir a correr 20 minutos, me tengo que ir 2 horas; ni salir en bici 20 km, ahora tienen que ser 100 km; es más, ya no vale con hacer una sola cosa, hay que doblar todos los días o si no eres un “blandito”. Es lo malo que tiene el deporte, que te acaba convirtiendo en un tiquismiquis. Yo, desde luego, no os lo recomiendo… pero eso es otro tema que dejo para otro post (con el permiso del boss, claro). Y ahí estaba yo, repasando uno a uno los contactos…de mi móvil (no del periódico) mientras me preguntaba qué hacer con tanto tiempo libre. Nunca pude imaginar que el no bajar al parque a tirarme por el tobogán pudiera ser tan aburrido. ¡No sabía qué hacer con mi tiempo! Y lo que era peor…¡mi tiempo de Rodríguez se iba agotando! Había que encontrar una solución rápida…no, muy rápida.

Aplique una regla lógica. Empezaré por el principio así que, ni corto ni perezoso, llamé a mi amigo Alfonso. “Nene, ¿te hace mañana una salida en bici? Pero tendrá que ser pronto – es la regla básica del Rodríguez: para hacer de todo hay que empezar pronto – porque luego he quedado.” Alfonso se lo pensó lo mismo que tarda uno en girarse cuando va corriendo por la playa y alguna gachí haciendo top-less y me contestó: “Es que la tesis…la bici se la he dejado a no se quién…”. La cosa pintaba muy mal. ¡Qué putada! ¡Con las pocas veces que puedo salir en bici y no iba a poder aprovechar esta semana de Rodríguez. Menos mal que añadió “pero sé que Vicent y Marcelo van a salir”. ¡Aleluya! ¡Dios existe! Ya tenía plan para el miércoles por la tarde. J

Ahora me faltaba el miércoles por la noche. Eso fue duro. Intenté que mi amigo Ricardo (sí, salté de A a la R) me sacara a bailar salsa. No, no es que me guste. Yo si no juega con pelotas no lo practico. Además, mi sentido del ritmo debió quedarse en la placenta y, como entonces no se guardaban, no lo he podido recuperar. Seguro que ahora está el mundo lleno de gusanos bailongos que se han quedado con mis genes del ritmo pero…a mí no me tocó ninguno. Yo soy de los que en las discotecas y pafetos varios, sujeta la barra con una cerveza en la mano y mueve la cabeza como diciendo que sí a todo. Pero tenemos una boda en Julio y quería sorprender a mi mujer bailando como Chayanne o como Patrick Swayze en Dirty Dancing. Y Ricardo es idóneo para esas cosas. Es profesor de salsa. Además, es de los (muy buenos). Dice que cuando era joven (él dice chico) estuvo en el ballet nacional de Cuba pero ¡qué queréis que os diga! No se parece en nada a Marbelys, así que no sé si creérmelo. Siempre le he puesto como reto que será bueno cuando consiga que yo siga el paso elemental ése de la bachata o de la salsa o del merengue [ver foto 1]. Recuerdo un día que fui con mi mujer y con Ricardo a Santo Domingo Salsa e hicimos una rueda. Había que dar media vuelta empujando la palma de la mano de la chica que se pusiera en frente y aprovechar el impulso para girar. La primera vez, tímido como soy, casi ni toqué a la chica (y con mi mujer delante…mucho menos). Ricardo se partía de la risa y cuando me lo crucé en la rueda me susurró “empuha más fuerte”. Yo, que soy obediente, le hice caso…y creo que la chica todavía está girando. Desde entonces Ricardo no quiere bailar conmigo. Pero esto también lo puedo dejar para otro post.

El caso es que no hubo manera de conseguir salir el miércoles por la noche. De nuevo, me veía empujado al deporte. La opción, desde luego, no era quedarse en casa. Eso lo puedo hacer todos los días. Aunque fuera después de la subida al El Pico del Águila en bici, tenía que seguir la depor-fiesta por la noche. Como no pude encontrar voluntarios para salir a correr por la noche, decidí estirar el día por la mañana. Así que volví a llamar a Alfonso. “¿Otra vez tú?” – me dijo. “Oye, y a nadar por la mañana, ¿te vienes?”. Me dijo que sí. Ya empezaba a llenarse la agenda. Esto ya era otra cosa. Por la mañana a nadar, por la tarde en bici y por la noche a correr. Ya tenía la conciencia más tranquila. Ahora a por la cena. Con tanto deporte, necesitaba proteínas y qué mejor que un buen entrecot con mucha grasa. Como no estaba mi mujer, podría comérmelo sin que me dijera eso de que hay que cuidarse y que me va a subir el colesterol. ¡Qué maravilla! ¡Qué música celestial y espectáculo tan maravilloso del que disfrutar! Extasiado contemplaba cómo el entrecot se iba haciendo, poco a poco, a la plancha. Como sus fibras se iban tiñendo de marrón, el crepitar de su sabrosa carne asándose a fuego lento, soltando el jugo que gustosamente mojaría con el pan…Me pareció increíble que en mi casa hubiera tal variedad de sonidos. Di buena cuenta del susodicho entrecot (después de 100 km en bici y 12 km corriendo me hubiera comido un buey…con cuernos incluidos pero sin criadillas, eso sí) y me fui a la cama con la panza tan llena como el lobo del cuento de los siete cabritillos. Es curioso. Estaba reventado. Hecho polvo. De hecho, al final de mi carrera a pie no pensaba nada más que en llegar a casa para acostarme a dormir. Pero…no podía. El sonido del silencio no me dejaba dormir. Y empezó a sonar en mi cabeza la canción de Simon & Garfunkel…
”ninoninoninoninono…” ¡Dios! ¡Tenía toda la noche por delante y no iba a poder aprovecharla. La cama para mí solo, ¡podía dormir con la ventana abierta!…¡y de un tirón sin un “papáaaaa, pipi” que me despertara a media noche! ¡Eran las condiciones de contorno y de entorno con las que llevaba soñando un año entero! Pero, ahí estaba yo, intentando dormir sin que el sonido del silencio me dejara…Sea como fuere, me dormí, lo que no sabía era que mis aventuras estaban a punto de comenzar.

Al rato de dormirme…”zzzzzzzzzzzzzzzzzzzz”. Me revolví como pude y me autosolté un bofetón pensando, falsamente, el mosquito había acabado sus días. Como no volví a oírlo, me sonreí satisfecho y volví a intentar dormirme. “zzzzzzzzzzzzzzzzz”. ¡Qué hijo de puta! ¡Te vas a enterar! Fui a la cocina a por el “flit” dispuesto a que el mosquito muriera por asfixia. Con el arma en una mano y un escudo protector en forma de zapatilla en la otra, encendí la luz dispuesto a encontrar a mi enemigo. ¡Y una mierda me vas a joder la noche de Rodríguez! ¡Vas a morir, cabrón! Gritaba una y otra vez. La verdad, no sé qué pensarían mis vecinos. O que estoy loco o que me había encontrado el marido de alguna practicando alguna cochinada y la cosa iba a acabar muy mal. En fin, examiné el territorio de la habitación centímetro a centímetro, ligero y sigiloso como un zorro hasta que lo ví. Ahí estaba, gordo a reventar de mi sangre el muy desgraciado. “Ya te tengo”. Chsssssssssssst. Descargué el arma química con el individuo pero él era más rápido y en cuanto oyó el Chssssssssssssst cambió de posición. Pero no se escaparía. Sentí como me latían las sienes, como a Rambo antes de un combate cuerpo a cuerpo, el sudor de la batalla bañaba mi torso desnudo y los músculos estaban tensos como piedras. Arrugué la frente y me imaginé que era Pedrator calculando dónde estaba su presa. Incluso veía en colorines (claro está, lleva un chute de flit que no podía con mi alma). Allí estaba otra vez. ¡Te vas a enterar! Trace un plan. Dispararía al aire con una mano y con la otra dirigiría un misil-zapatilla contra el objetivo. Era una implementación rústica y casera de las contramedidas que utilizan los aviones de combate para despistar a los misiles tierra-aire, vale, un poco cutre, pero estaba en guerra con el mosquito de la canción de “maná, maná” (aunque a mí no me picaba el culo). En fin, mi magnífico plan en mente disparé al aire y…¡zas! Lo maté. Me salpicó la sangre. Había acertado. Apagué la luz y acosté a dormir pero…al día siguiente por la mañana, al levantarme, mi euforia por la victoria desaparecería. No pudo ser más efímera. Un abrir y cerrar de ojos.
Cuando me levanté a correr y encendí la luz. ¡Horror! Una mancha de sangre en la pared (amarillo en visión masculina y amarillo limón roto en visión femenina) destacaba mucho más que el cuadro que nos regaló mi suegra. ¡Oh, Dios! ¡Qué le voy  a decir a mi mujer! ¿Y si los vecinos, al oír “te voy a matar, cabrón” han avisado a la policía? Hice lo que todo hombre hubiera hecho en mi lugar. Intentar arreglarlo. Cogí un trapo con agua para disolver la sangre. ¡En las películas funciona y a no ser que utilices luminol la sangre desaparece! Ahí estaba la cara del mosquito estampado riéndose de mí desde ultratumba. ¡Ojalá ardas en el infierno de los mosquitos! Gran error…la mancha se hizo más grande. ¡Madre mía! ¿Y ahora qué hago? Fácil. La segunda norma de oro del hombre: intentar disimularlo. Algún vecino se habrá acordado de mi familia (salgo a correr a las 6.00 am), pero esta mañana, en lugar de estirar [ver foto 2], he empezado a amartillar la pared para bajar la alcayata y colgar el cuadro un par centímetros más abajo. Me ha quedado bien pero, como mi mujer es más lista que Grisom y seguro que se da cuenta. He limpiado con cuidado la zona pero seguro que he dejado pistas. Aun así, cuando llegue a casa le daré un repaso. Hay que minimizar riesgos. Aun así, seguro que la policía me descubre.

Obviando esta pequeña aventura y tras la carrera matutina, he venido patinando al gimnasio de la UPV. Sí, boss, aquel romántico lugar donde nos conocimos y supe de la existencia de este bendito blog. Echo de menos verte llegar tarde mientras de atas la coleta con esos rizos volando a su libre albedrío en el más hermoso de los caos del universo. ¡Ay, no! Me estaba acordando de la morenaza (imagino que alumna) que ha ido esta mañana, que también llevaba coleta. Pero, bueno, que echo de menos verte. J A mediodía carrerita por la playa y natación y luego a comer.  Y…¿qué come un Rodríguez? Todo el mundo lo sabe: ensalada de pasta [ver foto 3]. Desde que empecé mi semana de Rodríguez no he hecho otra cosa que comer hidratos de carbono: martes arroz de las sobras del domingo para cenar; miércoles más arroz de las sobras de no sé cuándo que había en el congelador; jueves para comer, como no quedaba arroz, macarrones con espinacas aderezados con todo lo que había en el frigorífico que parecía salsa; seguramente, mañana viernes comeré lo mismo cambiando la salsa y quizá para la cena pase igual. Menos mal que hoy jueves me voy de cena. Pero no os penséis que es por irme de fiesta con los colegas…No. Estáis equivocados. Voy en plan deportivo. Hoy me toca alterovidria y levantamiento de birra. Para los que no lo sepáis, la cerveza es conocida por ser una magnífica fuente de hidratos de carbono y no engorda, adelgaza. El barrigón no es cervecero, es de las tapitas del bar que acompañan a esa fría amiga que siempre está mojada cuando te vé. J

Mañana es mi último día de Rodríguez. Hasta ahora no ha estado mal…Me he gastado un pastón en móvil, no he podido dormir por culpa de un mosquito, he tenido que cambiar la decoración de la habitación de matrimonio, estoy agotado de tanto ejercicio físico…Nada de plácido descanso y disfrute del mando a distancia [ver foto 4]. Eso solo pasa en las películas.

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