Apariencia y prejuicio
Posted by Peter Parker el Miércoles, enero 14th, 2009
Debía tener veintitantos años, pasaban las ocho de la tarde y el sol ya se había puesto. Todavía existía el Mark & Spencer en la esquina de la calle Colón con Ruzafa, donde ahora hay un Corte Inglés, y decidí entrar a echar un vistazo porque en breve me tocaba hacer un regalo y tal vez encontrara algo apropiado.
Al principio no me percaté, pero por lo visto el guardia jurado de la puerta me siguió de cerca unos cuantos metros. Fui consciente cuando escuché un sonido de walkie talkie que liberó brevemente mi atención de los productos que iba dejando a los lados del pasillo
Delante de mi otro guardia jurado hablaba por su walke talkie, miraba a su compañero, me miraba a mi y asentía con la cabeza. Pasé por su lado dejándolo a mi izquierda y dirigiendo mi mirada hacia todos los mostradores de mi derecha, anduve entre varios pasillos y me coloqué estratégicamente de tal manera que podía mirar disimuladamente y ratificar que era yo el centro de ese repentino interés. No cabía duda, de pronto me sentí como Whitney Houston con su guardaespaldas. Empecé a moverme sin rumbo fijo para comprobar que cada vez que me paraba tenía al colega a dos metros de mi.
Después de unos minutos de persecución cambié de juego, comencé a acercarme cada vez más a él, iba mirando ropa, sacando perchas, volviéndolas a poner sin ver que cogía ni donde lo devolvía y fui aproximándome poco a poco. Mi guardaespaldas, como si fuéramos dos polos iguales de un imán, se mantenía a dos metros de mi, pero siempre ojo avizor.
En un momento dado fuimos a parar a la sección de lencería donde decidí entretenerme un rato, cogí varios tangas y probé su elasticidad, estiré los tirantes de algunos sujetadores y levanté varios corpiños hacia el techo, para mirarlos al tras luz a ver si transparentaban, apunto estuve de preguntarle que color le gustaba más. Al final me cansé, me había olvidado de buscar un regalo y se me había hecho tarde, salí por donde había entrado y apunto estuve de despedirme del guardia jurado de la puerta.
Tampoco los culpo, llevaba zapatillas, unos pantalones vaqueros algo ajustados, viejos y manchados de pintura, un jersey algo desbocado, una barba de tres días y mi pelo pasaba más de cuatro dedos por debajo de los hombros. Lo extraño es que no me detuvieran nada más entrar. Pero me molestó porque yo soy un buenazo incapaz de hacer daño a una mosca deliberadamente y con muy buenos modales que mi padre se encargó de inculcarme día a día: saludar a los vecinos, abrir la puerta del ascensor y del patio, dejar pasar primero, ayudar a cruzar la calle a ancianitas. Recuerdo que la primera vez que ayude a cruzar a una mujer de avanzada edad me llevó a bastonazos hasta la otra acera. Fue la última.
Entiendo porque mi padre se empeñaba tanto en que me cortara el pelo, la gente no mira los actos, solo se fija en la apariencia. No basta con ser bueno, hay que parecerlo.
El viernes pasado llovió, así que no pude coger la bici, tuve que ir al trabajo en metro. No me importa usar el transporte público de vez en cuando, es uno de los pocos momentos que tengo algo de tiempo para leer.
Llegué al andén tranquilo, el panel informativo indicaba que mi metro tardaría algo más de cinco minutos.
Llevaba unos zapatos Pikolino, unos Levis de varias temporadas atrás pero bien cuidados, un abrigo negro de Zara, el pelo ni muy corto ni largo, húmedo por la reciente ducha y por la acción de la espuma “efecto rizos” que había usado para peinarme y una la barba de siete días pero bien recortadita y aseada. Iba buscando un hueco para sentarme en el banco que hay pegado a la pared del andén y ponerme a leer mi libro cuando mi mirada se cruzó con la de una mujer de unos cuarenta años.
Me miró, miró el hueco que había a su lado y su reflejo instintivo fue pasar el brazo por las asas de un enorme bolso que había a su lado, no lo quitó para dejarme espacio, tan solo lo protegió de una posible amenaza.
Esta simple acción repateo mis cojones mil veces más que mi aventura en Mark & Spencer de años atrás. Tendría que haber agarrado a la tía y haberla tirado a la vía quedándome con su bolso, pero, como decía antes, mi padre me enseñó buenos modales, aunque creo que se equivocó con lo de la melena, no importa tanto la apariencia como los prejuicios de la gente.
¿Para qué ir por ahí poniendo buena cara y preocupado por mi aspecto?
Debería lucir mi mejor cara de perro y preocuparme menos por mi apariencia, si al final voy a provocar miedo o inseguridad por lo menos que esté justificado.
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