Tranquilo con mi bici
Me tenía por una persona tranquila, alguien a quien es difícil ver enfadado, aunque si algo nervioso.
Siempre he atribuido el verme alterado en alguna discusión entre posiciones enfrentadas a que no tengo facilidad, y mucho menos, rapidez de palabra, me trabo, no me expreso bien y la persona con la que discuto, ante mi falta de vehemencia, suele intercalar sus argumentos antes de que pueda expresar los míos, con lo que, si no estoy exponiendo con claridad mis razonamientos que considero -como no- incuestionables, acabo levantando la voz y dando la impresión de enfado.
Con el coche soy bastante calmado, si bien cuando tengo prisa soy un poco más temerario, pero no voy pitando a la mínima ocasión o insultando a diestro y siniestro. No me molesta que me adelanten y no me cuesta ceder el paso a otros conductores o peatones (todo un derroche de virtudes).
Recientemente me he sorprendido a mi mismo discutiendo con un amigo por alguna tontería, alterándome por nada o contestando de malas formas. Al principio lo he querido asociar a la falta de sueño, pero no deja de preocuparme que resulte no ser tan apacible como creía.
Realmente pensaba que las únicas cosas que podían sacarme de quicio eran el egoísmo y la falta de respeto por el prójimo (¿donde hay una dama en apuros?) -es cierto que van cogidas de la mano- aunque tampoco he sabido nunca como actuar cuando me he encontrado con alguna de estas manifestaciones afectándome directamente, (soy un poco caguetilla o lento de reflejos).
Analizándome más profundamente he descubierto que cuando me subo a la bici me transformo. Claro que tengo pleno convencimiento de que encima de la bici es desde donde mejor se ve la falta de respeto por el prójimo, concretando más, con el ciclista, pero es que estos días he comprobado que cuando llego a casa, en los breves veinte minutos que me cuesta llegar desde el trabajo, tengo una rabia acumulada a punto de explotar.
Y es que un tranquilo paseo en bici después de la jornada laboral puede ser una prueba para el espíritu. Para circular por Valencia en bicicleta hay que tener cuatrocientos ojos y un entrenamiento militar de élite.
Hay que fijarse en el tío aparcado en doble fila que es capaz de abrirte la puerta cuando llegas a su altura o en el coche que sale del garaje y toca el claxon cuando ya está un metro fuera.
Hay que estar atento a la señora que va con el carrito del bebé pegada al carril bici y sin venir a cuento, ni mirar si viene alguien, decide cruzarlo y plantar el carrito en medio justo cuando pasas.
Hay que rodear a la pareja de enamorados que, cogidos de la mano, andan por el carril bici de color verde como en una nube, mirándose a los ojos e imaginando que pisan un verde prado de la Toscana
Hay que esquivar al rebelde adolescente, que piensa que la acera es suya y el que tenga un color diferente en algunos tramos seguro que es culpa de sus padres y el lo pisa porque le sale de los cojones.
Tener cuidado con no atropellar a los que creen que el carril bici de color rojo es la alfombra de los Oscar y ojito a que en cualquier momento cualquier peatón puede querer cruzarlo y decidir que tiene más derecho que tu.
Cuando voy por la calzada junto a los coches la cosa no mejora, allí no existes para nadie, tienes que sobrevivir como buenamente puedas, ni coches, ni autobuses, ni peatones.
Hace un par de días pasaba bajo un semáforo abierto para mi paso. Si los peatones ven que no vienen coches una bicicleta no es motivo para mantenerse en la acera, así que es común que tenga que esquivar a más de uno que encima cruza sin mirar. Como decía, hace dos días me encontré en esa tesitura, una avalancha de peatones se prestó a saltarse la luz que les impelía a esperar, ignorando completamente mi preferencia de paso, tuve que esquivar a un par, pero al pasar junto a un adolescente imberbe y delgaducho acompañado de una pava de su edad, que ya se encontraban cerca de la mitad de la calzada, el sujeto lanzó algo sobre mi, ignoro si era un papel, un cacahuete o varios mocos que se había ido agrupando hasta alcanzar el tamaño de una aceituna. El objeto se engancho en mi pelo y yo, sin detenerme, solo alcancé a soltar un “-¡me cago en la puta!” que el resto de peatones en plena infracción, a pesar de su desconocimiento de los hechos, censuraron con la mirada imaginando sus propias razones para mi reacción.
A medida que me alejaba mi orgullo iba sangrando con mayor fuerza, lo que sea que me lanzó podría haberme dado en un ojo, pero, aunque no paso nada, yo le daba vueltas a que el niñato se iba a casa con la gracieta en lugar de sin un buen par de ostías que bien se merecía.
Esta tarde he pasado rozando a una pija que me ha gritado con malos modos que tenga más cuidado, pasando yo el semáforo en verde y estando ella esperando a que se cambie plantada en la calzada, a metro y medio de la acera.
Muchas son las veces que voy tranquilo en mi bici deseando no llevar una raqueta en la mochila y en su lugar llevar una catana con la que ir cortando cabezas [ver foto 1], o algo más efectivo [ver foto 2].
Creo que es el cansancio, las horas de sueño hacen mella en el humor de cualquiera, tengo que calmarme y disfrutar de mis paseos en bici [ver foto 3] [ver foto 4] [ver foto 5].

on Noviembre 6th, 2008 at 18:42
Suscribo todas y cada una de las palabras que has escrito, bueno, exceptuando lo de montar en bici… Que ya no está uno para esos riesgos extremos. Jajajaja
Te leo desde hace un tiempo y espero con impaciencia tus actualizaciones porque, es como leerme a mi mismo. Una sensación extraña… aunque placentera.
Un beso.
on Noviembre 6th, 2008 at 21:51
Ooohhh Vicenteee!!
No te preocupes, podrá ser que ahora estés más alterado de lo normal por tu nueva situación, pero yo me considero también una persona muy tranquila y cuando subo a la bici me dan unas ganas de repartir ostiiiiiaaaaaaas como panes que no te las puedes ni imaginar.
Aaaayy esos abueletes cascarrabias que van por el carril bici y aunque les avises de tu presencia con el timbre no sólo no se quitan sino que te montan un pollo que flipas!!!! O peor aún los niñatos estilo “niño del metro de Valencia (véase http://es.youtube.com/watch?v=4A_S3HuWJDA) que encima te vacilaaaan, aaaahhhh que patada en la bocaaaaaaaaaa!!!
En fin, ya me he desahogao, jejeje!!!
on Noviembre 7th, 2008 at 17:59
Yo patentaría un timbre direccionable expulsor de caca de paloma. Al fin la caca de paloma serviría para algo más que dar por culo al prójimo: dar por culo a los que se pasan de listos. Otra posibilidad serían las ruedas de bici al estilo carro de Mesala (el malo de Ben-Hur), pero podría ser un poco drástico, ya que limpiar la sangre del asfalto cuesta lo suyo. Pero te quedarías más a gusto, oye…
on Noviembre 13th, 2008 at 3:05
Me dejas perplejo Nuncalosabras, pero… ¿Puede ser que me suene tu cara?
Luis, yo me considero una persona tranquila pero siempre he pensado que no llegaba a tu altura, estos comentarios me asustan.
Cocoliso lo de las Ruedas al estilo Ben-Hur lo había pensado, pero me quedo con la catana es más participativo. Por cierto, no hace falta que expliques quien es Mesala ;o)