Noviembre 26th, 2008

Ser padre

Posted by Peter Parker en cosas mías

Ser padre es acojonante, pero no me refiero a que sea la leche y alucinas con el crío -que también-, no, es acojonante porque te pasas la mayor parte del tiempo acojonado.

Recuerdo mi primer día de colegio, se me ha quedado grabado como una especie de trauma infantil. Me encontré allí en un sitio desconocido, viendo a mis padres alejarse y con un montón de niños a mi alrededor que no conocía, me pasé un buen rato llorando en un rincón.
Es la misma sensación de indefensión que tengo ahora cuando me enfrento al llanto del pequeño. Solo que ahora aguanto el impulso de irme a llorar a un rincón.

La que no puede reprimirse es la madre, cuando estoy intentando, sin éxito, calmar al crío y su llanto alcanza ese nivel de decibelios que explota los tímpanos, aprieta el corazón, afloja los esfínteres y su cara está a punto de explotar como un tomate maduro, me fijo en ella que, con ojos acuosos y un nudo en la garganta, mira a su bebé debatiéndose entre la angustia y la necesidad de arrancármelo de las manos.
No puedo coger también a la madre en brazos para consolarla, así que opto por la mejor solución, le paso al niño y salgo de la habitación hasta que tengo la certeza que no caen lágrimas de ninguno de los cuatro ojos.

Todo te pilla de pardillo, no tienes ni puta idea de lo que es inmadurez intestinal, obstrucción lacrimal o mastitis, todo es nuevo y eso acojona.
Si no caga porque no caga. Si caga peor, porque entonces empiezas a mirar el color ¿Demasiado clara? ¿Demasiado oscura? y el nivel de consistencia, hasta te fijas en si huele como siempre, solo te falta probarla para ver si sabe como debiera.

Si duerme poco porque no duerme y si duerme mucho porque duerme demasiado. Si llora por las noches sufres por no poder consolarlo y como no duermes te levantas destrozado por la mañana. Pero si no llora peor, te despiertas en mitad de la noche acojonado porque no oyes ni un gemido y te acercas al crío a ver si respira. El tío duerme como bendito ajeno a tus ojeras y al susto que te ha dado, el corazón te late como si acabaras de correr la maratón y te cuesta una hora volver a dormir, esto te puede pasar tres veces en una noche, con lo que sigues sin dormir y te levantas destrozado por la mañana.

Hemos pasado más de cuatro semanas intentado ponerlo en una de esas mochilitas en las que llevas al niño apoyado en el pecho, dicen que les gusta porque en esa postura oyen el corazón de sus padres y se relajan. Este ni el corazón de su madre ni los retortijones de barriga del padre y de relajarse ni hablamos, el tío saca el llanto hipo-huracanado y te destrozaba los tímpanos.
Hemos probado tres tipos de mochilas y dos pañuelos gigantes de esos hippies de colorines. Distintas posturas, distintas texturas y hasta distinto color (a ver si resulta que el niño va para diseñador y el color afecta a su psique).
Al final mi mujer lo consiguió, creo que lo hipnotizó o se puso chichón en los pezones. Así se durmió y aguantó quince minutos en la mochilita, quince minutos y mi mujer se pasó tres días sufriendo por si la postura en la que lo tuvo era mala para su espalda y yo con un tic en el párpado, no se si por la lucha con el niño o por la preocupación de la madre. Demasiado estrés, estoy tentado a quemar las mochilas y los pañuelitos pijos en cuanto mi mujer se despiste

Por supuesto no pasa un momento que alguien te de un estupendo consejo que tu no has requerido:

- No lo cojas en esa postura que es muy pequeño y le afectará al cuello, túmbalo más
(Si lo tumbo más llora, en esta postura aguanta, no hay más discusión)

- No dejes que duerma con vosotros, que luego se acostumbra y no hay manera de sacarlo de tu cama.
(Si, luego se acostumbra y en un futuro él y su novia dormirán con nosotros)

- Si no quiere el chupete mejor, que luego no hay manera de quitárselo
(El chupete lo calma, ya pelearemos más adelante, si es necesario, para quitárselo)

Y así mil que ahora no me acuerdo.

Además, el padre está en desventaja. Es un individuo que está constantemente en el punto de mira. Mucho ojito con cargarla, no te puedes despistar que te puede caer la del pulpo, toda la familia (la tuya y la de ella), las amigas de tu mujer y hasta las vecinas, todas te están examinando para recriminarte algo al primer error o signo de falta de atención por tu parte hacía la pobre madre y el amado hijo.
Cuentas menos que un sapo en un desierto. Eres el tercero muy por detrás del segundo, a no ser que tengas perro, porque entonces eres el cuarto.
Es un trabajo duro sin ningún tipo de recompensa. Si, al niño lo adoras, es muy gracioso y adorable, pero con el dolor de gónadas que tienes ya te parece adorable hasta la del quinto que le faltan varios dientes y va más pintada que el techo de la ONU.

Encima te engañan y te dicen que cuando eres padre se liga mogollón, que cuando bajas al crío al parque todas las mujeres se te acercan para decirle cosas y que al ver a un padre joven cuidando de su hijo se enternecen y se vuelven vulnerables, y que si juegas bien tus cartas son capaces hasta de llevarte la compra a casa.
Es cierto, se acercan, el otro día iba de paseo con el crío y una horda de abuelas se abalanzó sobre el carro, cinco enlacadas hasta las cejas se inclinaron tapándole completamente la luz, el pobre chaval debió pensar que le había abducido la familia de Joda.
Mientras le tocaban y le dirigían extraños sonidos intercalaban alguna pregunta hacía mi - ¿Cómo se llama? ¿Cuánto tiempo tiene?
Yo siempre digo que se llama Kal-el y que no sabemos su edad exacta porque iba dentro de una especie de meteorito que encontramos en la carretera. Las señoras me miran raro, me examinan de arriba a bajo y se van pensado que soy el freky ese que, de vez en cuando, hablan en la tele.

Pero entonces alguna hace la pregunta del millón:
-¿Le da el pecho?
Esta pregunta es bastante normal y no hay abuela que se resista a hacerla, pero a mi no deja de resultarme incómodo hablar del pecho de mi mujer con una señora que no he visto en mi vida y más cuando me encuentro tan susceptible con el tema. Veo la teta de mi mujer a todas horas, a la que me descuido el colega está enchufado.
El tío se pone morado y yo ni las huelo.
Es una tortura desmesurada, venga a ver tetas y ninguna es para mi, está siendo muy duro, pero estoy al acecho por si el pequeño comente un error [ver foto error], lo siguiente que me queda es ponerme a llorar, ya se sabe que el que no llora…
[ver foto1][ver foto2][ver foto3][ver foto4][ver foto5]

Noviembre 12th, 2008

Por fin

Posted by Peter Parker en cosas mías, deporte

Ya me advirtieron que iba a ser difícil y que podría pasarlo mal. Si he de ser sincero no hice mucho caso, no creí que fuera para tanto y estaba seguro que tendría mejores cosas en que pensar.

Al principio así fue, te encuentras rodeado de pañales de olor intenso o abrumado por mil llantos que no aciertas a consolar y lo demás te parece lejano, no te preocupa.

El miedo a esta situación nueva y desconocida supera cualquier otro deseo o necesidad. Y el cariño que te embriaga por esa personita de medio metro te tiene completamente absorvido. Si a esto le añades las pocas horas de sueño que disfrutas y el cansancio acumulado olvídate de tener fuerzas para nada más.

Cuando se acaba la baja de paternidad y vuelves a la vida laboral normal hay unos pocos días en los que el cansancio se agudiza, pero, por lo menos en mi caso, es la mujer quien carga con el peso de las noches en vela. Ayudo algo, pero generalmente no me avisa y me deja dormir para que no me quede indispuesto sobre el monitor con la babita humedeciendo el teclado. Así, poco a poco, se van recuperando fuerzas y ganas.

Además, aunque solo sea para ir a trabajar, sales más, te relacionas con más gente y te da el airecito, todo esto despierta el espíritu y desentumece los músculos. Y es entonces cuando empiezas a echarlo de menos, a ser consciente que hay algo que falta y que tienes unas necesidades que no están siendo cubiertas, pero también sabes que tienes unas obligaciones y que no depende solo de ti.

Con el paso de los días la escasez va siendo menos llevadera, crees que puedes aliviarte por tu cuenta pero tristemente descubres que no te llena de la misma forma. Antes podía servir porque era algo complementario, ahora es como aliñar un plato de ensalada sin ensalada. Sales a la calle y todo te lo recuerda, solo piensas en eso, tus conversaciones giran en torno a eso, todos tus comentarios llevan una alusión, empieza a convertirse en una obsesión.

Por fin este fin de semana, sin estar seguro de que fuera a ocurrir, terminó la espera. Parece que los astros se pusieron de acuerdo y los planetas se alinearon en alguna galaxia lejana.

Había pasado tanto tiempo que me encontraba un poco inseguro, estas cosas se olvidan, la maestría se alcanza con práctica y si dejas pasar mucho tiempo no sabes como va a reaccionar tu cuerpo, puedes hacer un mal movimiento y acabar con todas tus expectativas.

Eché toda la carne en el asador y me dejé llevar por mis instintos. Al final me dolían todos los músculos, lógico porque he perdido algo de forma, pero por lo menos ganamos el partido, aunque mi contribución no fue muy destacada y, teniendo claro que mis escasos ejercicios durante este mes no serían suficientes, aguanté y corrí más de lo que esperaba sin llegar a olvidar del todo como se lleva un balón.

Como se disfruta disputando un partido se disfruta en pocos sitios. Hacía más de un mes que no jugaba, mi cuerpo y mi mente me lo pedían, además fue una alegría volver a ver a mis compañeros de equipo. Amigos, os echaba de menos.
[ver foto 1][ver foto 2][ver foto 3][ver foto 4][ver foto 5][ver foto 6][ver foto 7]

Noviembre 5th, 2008

Tranquilo con mi bici

Posted by Peter Parker en cosas mías

Me tenía por una persona tranquila, alguien a quien es difícil ver enfadado, aunque si algo nervioso.

Siempre he atribuido el verme alterado en alguna discusión entre posiciones enfrentadas a que no tengo facilidad, y mucho menos, rapidez de palabra, me trabo, no me expreso bien y la persona con la que discuto, ante mi falta de vehemencia, suele intercalar sus argumentos antes de que pueda expresar los míos, con lo que, si no estoy exponiendo con claridad mis razonamientos que considero -como no- incuestionables, acabo levantando la voz y dando la impresión de enfado.

Con el coche soy bastante calmado, si bien cuando tengo prisa soy un poco más temerario, pero no voy pitando a la mínima ocasión o insultando a diestro y siniestro. No me molesta que me adelanten y no me cuesta ceder el paso a otros conductores o peatones (todo un derroche de virtudes).

Recientemente me he sorprendido a mi mismo discutiendo con un amigo por alguna tontería, alterándome por nada o contestando de malas formas. Al principio lo he querido asociar a la falta de sueño, pero no deja de preocuparme que resulte no ser tan apacible como creía.

Realmente pensaba que las únicas cosas que podían sacarme de quicio eran el egoísmo y la falta de respeto por el prójimo (¿donde hay una dama en apuros?) -es cierto que van cogidas de la mano- aunque tampoco he sabido nunca como actuar cuando me he encontrado con alguna de estas manifestaciones afectándome directamente, (soy un poco caguetilla o lento de reflejos).

Analizándome más profundamente he descubierto que cuando me subo a la bici me transformo. Claro que tengo pleno convencimiento de que encima de la bici es desde donde mejor se ve la falta de respeto por el prójimo, concretando más, con el ciclista, pero es que estos días he comprobado que cuando llego a casa, en los breves veinte minutos que me cuesta llegar desde el trabajo, tengo una rabia acumulada a punto de explotar.

Y es que un tranquilo paseo en bici después de la jornada laboral puede ser una prueba para el espíritu. Para circular por Valencia en bicicleta hay que tener cuatrocientos ojos y un entrenamiento militar de élite.

Hay que fijarse en el tío aparcado en doble fila que es capaz de abrirte la puerta cuando llegas a su altura o en el coche que sale del garaje y toca el claxon cuando ya está un metro fuera.

Hay que estar atento a la señora que va con el carrito del bebé pegada al carril bici y sin venir a cuento, ni mirar si viene alguien, decide cruzarlo y plantar el carrito en medio justo cuando pasas.

Hay que rodear a la pareja de enamorados que, cogidos de la mano, andan por el carril bici de color verde como en una nube, mirándose a los ojos e imaginando que pisan un verde prado de la Toscana

Hay que esquivar al rebelde adolescente, que piensa que la acera es suya y el que tenga un color diferente en algunos tramos seguro que es culpa de sus padres y el lo pisa porque le sale de los cojones.

Tener cuidado con no atropellar a los que creen que el carril bici de color rojo es la alfombra de los Oscar y ojito a que en cualquier momento cualquier peatón puede querer cruzarlo y decidir que tiene más derecho que tu.

Cuando voy por la calzada junto a los coches la cosa no mejora, allí no existes para nadie, tienes que sobrevivir como buenamente puedas, ni coches, ni autobuses, ni peatones.

Hace un par de días pasaba bajo un semáforo abierto para mi paso. Si los peatones ven que no vienen coches una bicicleta no es motivo para mantenerse en la acera, así que es común que tenga que esquivar a más de uno que encima cruza sin mirar. Como decía, hace dos días me encontré en esa tesitura, una avalancha de peatones se prestó a saltarse la luz que les impelía a esperar, ignorando completamente mi preferencia de paso, tuve que esquivar a un par, pero al pasar junto a un adolescente imberbe y delgaducho acompañado de una pava de su edad, que ya se encontraban cerca de la mitad de la calzada, el sujeto lanzó algo sobre mi, ignoro si era un papel, un cacahuete o varios mocos que se había ido agrupando hasta alcanzar el tamaño de una aceituna. El objeto se engancho en mi pelo y yo, sin detenerme, solo alcancé a soltar un “-¡me cago en la puta!” que el resto de peatones en plena infracción, a pesar de su desconocimiento de los hechos, censuraron con la mirada imaginando sus propias razones para mi reacción.

A medida que me alejaba mi orgullo iba sangrando con mayor fuerza, lo que sea que me lanzó podría haberme dado en un ojo, pero, aunque no paso nada, yo le daba vueltas a que el niñato se iba a casa con la gracieta en lugar de sin un buen par de ostías que bien se merecía.

Esta tarde he pasado rozando a una pija que me ha gritado con malos modos que tenga más cuidado, pasando yo el semáforo en verde y estando ella esperando a que se cambie plantada en la calzada, a metro y medio de la acera.

Muchas son las veces que voy tranquilo en mi bici deseando no llevar una raqueta en la mochila y en su lugar llevar una catana con la que ir cortando cabezas [ver foto 1], o algo más efectivo [ver foto 2].

Creo que es el cansancio, las horas de sueño hacen mella en el humor de cualquiera, tengo que calmarme y disfrutar de mis paseos en bici [ver foto 3] [ver foto 4] [ver foto 5].