Fallas 2008
Ya están aquí, solo falta una semana para las fallas, ya se respira en la ciudad ese ambiente festero que viene cogido de la mano de la primavera.
La luz y el color de los que habla el himno de Valencia muestran su verdadera fuerza estas fechas.
Los hermosos trajes de las falleras y los mantos de torrentí y xaragüel iluminarán con sus colores las calles.
Si pudiéramos ver la ciudad el día de la Ofrenda a vista de Google maps, parecería que una marea de confeti recorre la ciudad. Como si un arco iris se hubiera roto en cien pedazos y fuera a reunirse en la plaza de la Virgen.
Las bandas de música, las mascletás, las despertás y los castillos de fuegos artificiales darán más color y añadirán la banda sonora a estas fiestas.
Ríos de gente guapa ya bañan cada rincón, jóvenes que salen a disfrutar del sol, a reír y a sentir el embate de los petardos y el ambiente de fiesta.
Multitudes congregadas a las dos de la tarde en la plaza del ayuntamiento, sintiendo el latido de cada masclet golpeando su pecho, como si les uniera un solo corazón.
Unos días nos separan de contemplar el manto de la Virgen cubierto de claveles, que junto a las tronos, envuelve con su perfume la plaza y nos transporta a jardines babilónicos.
Pronto estarán montadas las esculturas falleras, poco queda para reírnos con el humor valenciano, esa crítica a la política y a la sociedad actual expresada en arte de cartón piedra. Un trabajo que cuesta meses, se expone unas horas y desaparece en minutos.
Lástima que en ocasiones la realidad te tire un cubo de agua fría a la cara y te despierte del embrujo.
El color y el sonido en estas fechas lo pone el enjambre de motos y coches que provocan atascos por doquier.
El olor, lejos de ser a la fragancia de claveles frescos, es más bien a fritanga. Hay un puesto de buñuelos cada cincuenta metros, si vas andando a casa, cuando llegas parece que te has pasado el día entero haciendo patatas fritas para todos los vecinos.
El civismo brilla por su ausencia, calles cortadas y peatones por mitad de la calle como si fueran de pasacalles y ojito con decir nada que te la montan como si la calle estuviera a su nombre.
La gente se insulta en los semáforos, los pitos de los coches echan humo y la gente deja mierda por donde pasa. Se ven papeleras tiradas o agujereadas por petardos.
Al terminar la mascletá en la plaza del ayuntamiento casi no se distingue el suelo de la porquería que se genera en los pocos minutos que la gente espera para verla y el tiempo que dura.
Las jóvenes, que antes nombraba, son pavas emperifolladas y escotadas, maquilladas con brocha gorda, que parece que pasen modelitos para que los niños las miren. Ellos son musculitos con afán de protagonismo, que escupen en la calle y salen con sus motos a llamar más la atención.
La gente te empuja en la mascletá y te fuman en la nuca y al día siguiente de la ofrenda han saqueado como piratas todas las flores del manto.
Que le voy a hacer, a pesar de todo, en el fondo, me gustan las fallas, será por las falleras, siempre guapísimas con sus moños y sus brillantes peinetas.
No se porque tengo esta extraña atracción por las falleras, me gustan, lo reconozco, es posible que tenga algún tipo de tara o que su peinado me recuerde a la princesa Leia y me las imagine en mitad de un tiroteo con los soldados imperiales. Eso a cualquiera que haya tenido una infancia como la mía le pone burro irremediablemente.
Soy un enfermo, ahora me doy cuenta que cada vez que me paro a ver pasar la ofrenda lo que estoy es tratando de imaginar como sería una fallera sin su traje.





