Gimnasio
Estoy cambiando de opinión con respecto al gimnasio. Llevaba tiempo dándole vueltas a cambiar un poco mis costumbres deportivas pero resulta que está subiendo el nivel y la cosa se pone nteresante.
Para poner en antecedentes a los que no lo sepan voy al gimnasio de la universidad. Soy antiguo alumno y eso me proporciona libre acceso a las instalaciones. Además llevo yendo más años que el tiempo que pueda estar trabajando el más veterano de los/as monitores/as de allí, desde que empecé la universidad. Cada uno que haga sus cuentas.
Seguramente he comentado que, entre otras cosas, suelo hacer aeróbic, step y algo que llaman ritmos, una especie de aeróbic pero variando los estilos musicales (rock, funky, batuka, salsa, etc.).
Como decía no es el primer año que me planteo dejarme este tipo de actividades y centrarme en otras como pesas o atletismo, algo más aburridas pero más acordes con mi edad.
Poneros en mi lugar, empieza el curso y con él las clases de aeróbic y se apuntan todas las niñas recién entradas en la universidad. Dieciocho añitos, pavitas, todas monas con sus equipajes a estrenar, en grupito porque les da corte recibir la clase sin sus amigas y al fondo para que no se les vea mucho. De pronto llego yo, tarde, abuelo de treinta y tantos, recién levantado, ojeroso, sin peinar, con la barba de tres días y los mismos pantalones cortos de deporte desde hace cinco años y me toca delante porque no hay más sitio. No creo que sea bueno para mi reputación que además, debido a mi experiencia de años, lo haga mejor que ellas y tengan que mirarme para seguir la clase ya que el profesor o profesora nos deja a nuestro ritmo más de una vez.
Con este panorama es lógico que me lo plantee, piense en dedicarme a ponerme cachas y me olvide de dar saltitos. Además uno también se cansa de las bromitas de los colegas: ¿Pero sigues yendo a aeróbic? ¿es que hacen mallitas para abuelos? ¿llevas tutú? Claro que esto nunca me ha afectado mucho, porque mallitas hay, lo puedo asegurar, de todos los colores y tamaños, y también tops… lo de los tops es un tema a parte, y es que las de dieciocho vienen pisando fuerte y para colmo tenemos erasmus, suele venir una coreana, un par de americanas y antes una italiana. Al final uno no sabe donde mirar, así que lo mejor es concentrarse a saco en la clase. El problema es que acabo chopado, goteo por la nariz, por las orejas y hasta por las uñas, bajo mis pies hay un millar de gotas que poco a poco se van convirtiendo en un charco y estoy rodeado de niñas que no transpiran, que dan la clase como si fueran paseando por el parque, como a cámara lenta, en lugar de chumba chumba para ellas suena el Lago de los Cisnes. Y en la otra punta mi amigo José, con la cara desencajada, dando el máximo, exagerando los movimientos, pisando más fuerte, saltando más alto cada vez y sudando como yo.
Hoy para colmo al profesor, casi al final, se le ocurre hacer los últimos pasos por parejas. La cosa consistía en, uno frente el otro, cogernos del brazo para hacer que gire primero uno y luego el otro. Cuando ha llegado el momento de cogerse he mirado mi brazo, parecía que tenía los pelos peinados con gomina que iba chorreando hasta mi mano, le he dicho a la chiquita que mejor lo hacíamos sin cogernos, me ha mirado como diciendo: ¿En algún momento pensabas que te iba a tocar? No vaya a ser que te despeine el brazo majete.
Así que ahí esta yo, haciendo lo pasos sin tocarla, ojeroso, despeinado, con la nariz roja de tocármela para limpiar las gotas que me caían, con la barba de tres días y empapado, totalmente chopado como si acabara de salir de la ducha.
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