Tengo que aprender a morder
Rondaban las cuatro menos veinte de la tarde. Salía del vestuario, recién duchado después de casi una hora intensiva de squash. Llevo unas semanas con un ataque de fiebre deportiva, ese mismo día, tempranito, me había machacado en el gimnasio en una de esas actividades que contaba la semana pasada. Como es natural estaba exhausto, no podía ni con las llaves de la bici y todavía no había comido, me dirigí a la ventanilla del pabellón para devolver la llave de la taquilla y me encontré con una pequeña cola de tres personas.
Al que atendían en ese momento era un chaval al que le estaban haciendo el bono mensual y detrás suyo un par de señoras de cincuenta y tantos que charlaban ajenas a prisas o estréses.
Un poco nervioso por la hora, pensando que tenía que comprarme la comida y llegar al trabajo antes de las cuatro me coloqué detrás de ellas a esperar mi turno con clara expresión corporal de que necesitaba salir volando. Una de ellas se percató al instante de mi urgencia y observó la llave de la taquilla en mi mano, me preguntó si solo quería devolverla y, al contestarle yo que si, dijo que por ellas no me preocupara. Me acerqué a la taquilla poniéndome a su altura como con miedo a colarme y esperando a que el tío del bono soltara la pasta y se pirará. No llevaba ni dos minutos en esa ventajosa posición cuando, por el otro extremo de la ventanilla, aparece una chica, rubita, guapita, pequeñita y delgadita, de esas que por detrás parece una niña de quince pero que por delante te das cuenta que los treinta ya no los cumple, se coloca al lado del pavo del bono y deja en el mostrador su llave. Me quedo flipado, mudo como siempre en estos casos y sin saber reaccionar, y antes de que pueda hacerlo la mujer que antes me había dejado paso la reprende diciéndole que estamos esperando y yo estaba primero.
La rubita, bajita y delgadita contraataca al instante alegando que ella solo quiere entregar la llave. También esta vez sin dejarme tiempo a reaccionar (aunque siendo sincero sin ninguna intención a ello por mi parte) mi abogada defensora le rebate que ese es también mi objetivo.
Las palabras siguientes de la rubita flacucha, hija de su madre todavía se me clavan en el cerebro como espinas:
- Pues que se espabile, que es tarde, estoy cansada y ya no puedo más del hambre que tengo.
Volví a callar estupefacto con la sangre de mi cerebro en estado de ebullición, por suerte para mi, el tío del bono acabó en ese momento y yo metí el brazo antes que el alíen rubio, di la lleve, recogí mi DNI y me fui dando las gracias a mi abogada dedicándole mi mejor sonrisa.
Todavía me asombra, no entiendo por qué, el egoísmo que es capaz de demostrar el ser humano. Esta tía se creía la última Coca Cola del desierto y la única que podía tener hambre a esas horas. Seguro que luego llegaría a casa y se tomaría una hoja de lechuga y una ciruela.
Soy incapaz de reaccionar ante estas situaciones, por una parte por falta de inventiva, la frase perfecta que le tendría que haber soltado me viene cuando salgo con la bici del pabellón, pero por otra parte soy un cagao, lo reconozco, tengo una especia de tara que me impide hacer o decir nada que pueda molestar al prójimo intencionadamente aunque el prójimo me esté pisoteando con un tacón en los testículos, y si lo hago luego me siento fatal.
Tengo que hacérmelo mirar, aprender a ser un poco malo, cagarme en la puta si alguien me está quemando el glande con un soplete o simplemente me está tocando las narices.
Tengo que protestar, morder si hace falta, un buen mordisco a tiempo puede dejar claro que con uno no se juega y que no se trata de un perrito faldero.

Además está más que demostrado que si dejas las cosas claras, te impones y no dejas que nadie se te suba a las barbas, al final es el otro quien se cuida de no molestar o viene como un perrito a lamerte los pies. Los pies o lo que sea.





