Atardecer
La libertad, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar.
Así enseñaba Don Quijote a Sancho en una de sus famosas frases y releyendo la frasecita caigo en la cuenta que bien pudo haber sido maestro del William Wallace de Mel Gibson.
Sin quitarle la razón al ingenioso hidalgo a mi me da por pensar que los tesoros que encierran la tierra y el mar son uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Últimamente me siento encerrado en la ciudad, veo fotos de verdes montañas, de enormes cascadas y de playas espumosas y casi parece brotar una imperceptible lágrima de alguno de mis ojos, no dejará jamás de maravillarme la naturaleza, la belleza que produce a pesar de la presión que constantemente le somete el ser humano, es como una batalla entre creación y destrucción, de colores contra grises y con la trayectoria que estamos siguiendo acabaremos ganando para nuestro lamento.
Basta sumergirse en un enorme y húmedo bosque para sentirse vivo, sentir el tacto de los troncos viejos, pisar las hojas caídas y sentir la suave brisa que arrastra el perfume de flores y plantas para notar como tu espíritu se llena de energía.
Playas, montañas, ríos, rocas, árboles, todo es para quitarse el sombrero.
Pero lo que más me quita el aliento es el firmamento.
De noche cuando las estrellas visten de gotas la lejana oscuridad o con los primeras luces del alba cuando las frontera entre la tierra y el cielo se cubre de rojos y violetas, más aún a lo largo del día sembrado de nubes, pensamientos de tebeo o alfombras de algodón de formas potenciadas por mi imaginación, enormes dragones, blancos corceles o espumosos mares de níveo coral en los que sueño zambullirme y por fin los atardeceres, crepúsculos de suaves naranjas y brillantes dorados que cubren cielo y tierra como si de un manto se tratara, acompañados de un lánguido sol que se despide de un largo día extenuante.




