Problemas con las perchas
Es increíble como pasa el tiempo, este mes se han cumplido cuatro años desde que compramos la casa.
Quien me lo iba a decir, si trato de recordarme a mi mismo con veintidós años no me imagino por aquel entonces pensado que tendría mi propia casa, bueno, mía, lo que se dice mía tampoco, la casa realmente es del banco y hasta dentro de treinta años voy pagando religiosamente, como todo homo-hipotecado, para poder residir en ella a mis anchas.
El caso es que me encanta, imagino que a cada uno le pasará lo mismo con la suya, pero a mi, en estos momentos, es el sitio donde quiero vivir. Es un poco pequeña y el día que lleguen los retoños a lo mejor pienso de otra manera, pero los colores de las paredes, el parqué -cálido en invierno y fresco en verano- y la luz que inunda, durante toda la mañana, nuestro amplio salón poco cargado de muebles no tienen precio. A pesar de eso tengo a mi mujer que no cesa en el intento de convencerme para que reformemos el baño, por suerte ahora la tengo más enfocada en las fechas para empezar con lo de los retoños que hablaba antes y tiene el tema un poco apartado, que no olvidado, y mucho menos después de leer esto. Lo se, soy un inconsciente.
Pero el problema principal de la casa reside en los armarios, solo tenemos uno que se encuentra en una habitación a la que hemos venido a llamar cuarto de invitados pero que hace las veces de vestidor o trastero, sus botas escampan a lo ancho y largo de la sala y los bolsos, de los que, creo, hace colección, adornan vistosos los rincones. La ropa ocupa el sofá cama y una mesita de ruedas que allí tenemos, en parte por falta de espacio, en parte por nuestra tardanza a la hora de guardarla tras su lavado. El pobre armario esta saturado, los abrigos, pantalones y faldas lo abarrotan, no hay perchas libres ni sitio donde ponerlas y yo me paso las horas discurriendo nuevas formas de colgar la ropa.







