La batalla de los sexos
La redacción informa que la imagen de hoy puede herir la sensibilidad del lector, también recomienda consultar el archivo en la intimidad o lo más discretamente posible, más de lo que debería ser cada semana.
El tema que abordamos hoy es la batalla de los sexos. No vamos a entrar en discriminaciones, injusticias sociales o en machismos y feminismos, que aunque tenemos claro que por ahí suspende nuestra sociedad, este no es el foro adecuado.
Esta vez vamos a encauzarnos más hacia la dirección que suelen seguir los, últimamente tan de moda, humoristas de teatro, Club de la Comedia, Nuevos Cómicos y sucedáneos o el típico chiste que nos llega a mitad mañana al e-mail del trabajo.
Entre la dinámica de exagerar generalizando las faltas o manías de unos y de otros encontramos siempre la escasa pericia de las mujeres al volante, su dependencia del teléfono y su gasto desmesurado de la tarjeta de crédito, mientras que en los hombres, muy a la par, nos encontramos su dejadez en las tareas caseras, el tic nervioso con el mando de la tele y la fijación con el fútbol, entre otras.
Pero entre todos estos reproches hay uno que no tiene pinta de cambiar nunca, me refiero a las salpicadas que deja un hombre tras usar un retrete y es que las mujeres pueden mejorar su conducción o los coches ser más sencillos de conducir y un hombre puede planchar sin deslomarse o superar su adicción por el mando, pero la forma de mear no parece que vaya a cambiar nunca.
Las mujeres protestan por nuestra escasa puntería sin entender que el noventa por ciento de los casos no es esta la causa, es más debido al capricho del orificio en cuestión, un día sale un chorro potente y certero, directo al centro, al otro día salen dos chorritos con un ángulo de setenta a ciento diez grados de separación, imposible de apuntar y al siguiente día aquello parece un aspersor o la fuente de la plaza del ayuntamiento y todo esto sin que uno pueda tomar decisión alguna.
Yo recomiendo usar el papel por el borde al terminar, porque la otra propuesta sería la de sentarse y, seamos justos, no es viable.
Pongamos un ejemplo:
Vivimos en un tercer piso y todos los días cuando llegamos al portal nos encontramos el ascensor preparado para ser cogido pero recién fregado, tenemos dos opciones, subir andando, total son tres pisos y así no manchamos nada o vamos en ascensor, nos colocamos en una esquina y de puntillas, aunque irremediablemente algo acaba manchado.
Espero, con este símil, que las mujeres comprendan porque los hombres no nos sentamos para mear.

