Las croquetas de mi abuela
Desde que era pequeño las croquetas de mi abuela han sido un manjar por el que peleábamos tanto pequeños como mayores.
Mi abuela les sabía encontrar ese punto que hacía que fuéramos capaces de comérnoslas crudas sin esperar a que pasaran por la sartén.
Si algún afortunado pasaba por la cocina y se encontraba aunque solo fuera la masa, sin redondear, rebozar o freír, no dudaba en distraer a quien se encontrara en su custodia para sustraer al menos una y convertirse en el más envidiado de cuantos cazadores se encontraran en la casa.
Mi abuela aprovechaba el pollo que sobraba de la paella del día anterior, lo desmenuzaba y lo sofreía con harina y leche para conseguir esa bechamel que nos volvía locos, después, cuando la pasta estaba bien fría, de manera magistral, les daba forma con dos cucharas y pasaba por huevo y pan rallado antes de llevar a la sartén.
Probablemente no sea este el proceso exacto, hace tiempo que no las prepara y otros miembros de la familia han recogido el testigo con la misma maestría, pero, quizá sea porque he crecido que, no puedo olvidar ese fantástico ritual del que yo y mis primos disfrutábamos en cada paso.



