Petriuska
Posteado por Peter Parker el Jueves, enero 26th, 2012
Iba ya de vuelta a casa, a penas me quedaban un par de calles hasta alcanzar aquella donde tendría que girar, y a pocos metros llegar al portal de mi edificio.
Pedaleaba a una marcha más bien lenta, la cadena de la bici llevaba tiempo haciendo extraños y a base de observación y juegos con los pedales intentaba adivinar un patrón en su comportamiento.
Me adelantaron varias bicis por la izquierda, la última que pasó por mi lado la conducía una chica de pelo del color del sol en una tarde clara de primavera, elásticos tirabuzones, parecidos a esas espirales de colores que vienen en las bolsas de cotillón de fin de año, se balanceaban suavemente en su espalda. Un vaquero ajustado y una chaqueta negra que impedía ver con claridad su figura, es todo lo más que pude ver debido a la velocidad con la que circulaba y que ya había anochecido.
Al pasarme escuché un sonido que identifiqué como de algo que tocaba el suelo, vi una especie de tarjeta y traté de llamar su atención. Lo hice con poco entusiasmo, ya que no estaba seguro si la chica había perdido algo o simplemente lo había pisado con la rueda, y no me apetecía pasar el bochorno si luego al final no era nada. Me pareció ver que llevaba unos cascos de música, así que no se percató de mi llamada.
Frené y contemplé el objeto más de cerca, efectivamente, como sospechaba, era un carné de Valenbisi, lo recogí, le di la vuelta y leí su nombre “Petriuska nosecuantos”, imposible de pronunciar, mucho menos de recordar. Me subí a los pedales y empecé a perseguirla.
Había tomado una considerable ventaja y más aun cuando cruzó un semáforo en el mismo instante que este cambiaba y a mi me tocó esperar a que volviera a tener preferencia. Atrás dejé la calle por la que tenía que girar para ir a mi casa y hubo un momento que la persecución empezó a hacérseme larga, tanto como para plantearme lo estúpido de mi situación. Corriendo como un loco por Blasco Ibáñez, detrás de una rubia, guiri, en Valenbisi.
Cuando me encontraba a pocos metros aminoró la marcha y se detuvo, sacó un móvil y se lo llevó a la oreja en el mismo instante en que le daba alcance. Me paré a su lado, jadeante y sudoroso:
- Se te ha caído esto –dije mientras extendía mi brazo.
- Gracias –Puso una cara de sorprendida que a penas duró un segundo- Mari Carmen ¿Cómo estás?¿Has hablado con Mengano?
Me atrevería a decir que su vista no se posó en mi en ningún momento, para ella, probablemente, su carné había venido hasta su mano agarrado a un brazo que hablaba. Lo guardó en el mismo bolsillo del que minutos antes había caído y probablemente lo olvido en ese instante, y a mi con él, y toda su persona se centró en la llamada de teléfono.
Salí del carril bici, di la vuelta a mi bicicleta y desanduve el camino hasta el desvío de mi casa.
No se que me esperaba, estoy convencido que no hacía falta más y puedo asegurar ,por todo lo que considero sagrado, que hubiera hecho lo mismo si el de la bici fuera un criajo con el pelo encrestado y en el carné hubiera leído Jonatan Martínez. Pero no puedo evitar sentir cierta desilusión, no hubo ni un “¡Menos mal!”, o un “¡Vaya despiste! Ni me he enterado”, tal vez un “Eres muy amable” o “Debería invitarte a algo”, o “¿Te la chupo?”, y lo que es peor, ni la más mínima sombra de acento extranjero.
Tal vez sea cosa mía, que he sido educado para entender que en ciertos casos el protocolo de agradecimiento requiere una mayor interacción.
Más de uno me dirá que la culpa es de tanto porno, y no le faltará razón, acabas pensando que si ayudas a una mujer a cambiar una rueda o a arreglar el coche o si le dejas sal a la vecina, te abre la puerta del coche [ver foto] [ver foto][ver foto] o de su casa [ver foto] [ver foto] [ver foto] preparada para darte un final feliz a modo de agradecimiento, por el esfuerzo claro, no te quiero ni contar si encuentras un carné.
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